De la lesión al milagro: nuestra experiencia con el Método Doman - Parte 5
Parte 5: El mejor regalo del Día de la Independencia
Para que Junior pudiera aprender a caminar, utilizamos una técnica llamada “escalera horizontal de madera”, a modo de pasamanos. Medía casi cinco metros de largo por treinta centímetros de ancho. Los barrotes, pintados en rojo y verde, estaban separados por quince centímetros. La instalamos sobre el piso de cemento, también pintado en esos dos colores coincidiendo con los barrotes, y la colocamos en la maderería, bajo un frondoso árbol que nos regalaba una agradable sombra. Con la ayuda de la gravedad, Junior empezaría a caminar.
Al inicio, colocábamos a Junior debajo de la escalera para que, estirándose hacia arriba, tomara los barrotes con sus manos. Lo sosteníamos entre tres personas: una movía sus manos, otra cuidaba su tronco —pues aún no podía sostenerse por sí solo— y la tercera desplazaba sus piernas. El movimiento de manos y piernas debía hacerse al mismo tiempo.
El lugar era un sitio lleno de estimulación para Junior; cada día veía gente diferente y escuchaba distintos sonidos de nuestra maderería: la máquina de cepillado, el rajado de tablas, los serruchos manuales y la sierra de péndulo, que fortalecían su audición. También percibía el olor a trementina de la madera, junto con el aire puro y fresco. Poco a poco, fue ganando independencia, hasta lograr sostenerse solo, tomado de los barrotes. En ese momento, bastaban dos personas para ayudarlo y, al final, únicamente me necesitaba a mí para coordinarse.
Al principio, para mí era muy incómodo; no cabía debajo de la escalera y hacer el patrón cruzado en esas condiciones me dejaba adolorida. Conforme Junior creció, la tarea se hizo más sencilla, y pude valerme de una patineta para no arrastrarme por el piso.
En nuestra casa ya no cabían más aparatos para el programa, así que nos prestaron una vivienda más grande y la convertimos en el gimnasio de Junior. Paralelamente a las actividades físicas, estimulábamos todos sus sentidos, buscando mil y una maneras de darle la sensación de movimiento y lograr un programa completo. Cuando Junior pudo moverse con mayor libertad, yo podía permanecer de pie, moviendo solo una parte de su cuerpo para marcar el patrón cruzado.
Recuerdo que, cuando iniciamos bajo la escalera, siempre le repetía: uno, dos, uno, dos, uno, dos. El “uno” significaba: “¡Mueve tu brazo derecho, agarra el barrote rojo, mientras tu pierna izquierda pisa el suelo verde!”. El “dos” era: “¡Mueve tu brazo izquierdo, agarra el barrote verde, mientras tu pierna derecha pisa el suelo rojo!”. Siempre con ritmo y coordinación. Cuando pudo hacerlo de manera independiente, aprovechaba ese tiempo para leerle un libro de su interés, en lugar de seguir repitiendo “uno, dos”. Llegó a hacerlo de manera excelente.
Junior lloraba casi todo el tiempo mientras ejecutaba el programa. Después aparecieron ampollas en sus manos por trabajar con la escalera; para curarlas, le aplicábamos un preparado de alcohol con chuchupate, una planta medicinal endémica de Chihuahua muy utilizada por los rarámuris. Me dolía verlo así; sabía que lloraba por el dolor. Varias veces me cuestioné si realmente le estaba haciendo un bien, pero, a pesar de todo, había que continuar. Afortunadamente, aquellas ampollas se transformaron en callos y el sufrimiento terminó. Fue muy difícil para mí, como madre, tomar este tipo de decisiones.
Me sostuvo una frase que escuché alguna vez —no sé dónde, pero se quedó grabada en mí para siempre—: “Tienes que elegir entre ver a tu niño hermoso, sin ninguna marca en su cuerpo y sentado en una silla de ruedas, o verlo con muchas cicatrices, pero moviéndose de manera independiente”. Me repetía estas palabras constantemente. Sabía que, como consecuencia de todo ese proceso, habría rozaduras, cortadas, raspones, ampollas, callos, caídas, heridas, moretones y chichones. Pero también sabía que no existe niño que, al aprender a rodar, arrastrarse, gatear y caminar, no se lastime.
Mientras Junior trabajaba en la escalera horizontal con Cristal, quien siempre nos ayudaba, un fuerte grito suyo me hizo correr de inmediato, con el corazón encogido pensando en lo peor. Pero al llegar, me detuve en seco: la angustia se transformó en uno de los momentos más mágicos de mi vida. Frente a mis ojos sucedía lo que había soñado durante seiscientos setenta y cinco días: ¡Junior había salido de la escalera y seguía caminando solo, de manera independiente!
No podía creerlo. Estaba dando sus primeros pasos. Con lágrimas de emoción y gratitud, le grité: “¡Ven a mis brazos!”. Cuando llegó hasta mí, abracé lo que para mí era un verdadero milagro.
La felicidad me explotó en el pecho en forma de gritos de júbilo. Y Junior, como buen patriota, me regaló el quince de septiembre de 1995 el más hermoso y profundo grito de independencia: su independencia.
Habíamos trabajado tanto para llegar a ese instante. Yo siempre tuve la fe de que lo lograría, pero verlo superó todas mis expectativas. Comprendí que el método Doman, la perseverancia, el trabajo en equipo, la disciplina y, sobre todo, la fe y el amor eran la base de ese milagro. Dios estaba conmigo.
De inmediato llamé a los Institutos para dar la noticia. Ellos, felices, nos felicitaron y al día siguiente ya teníamos un nuevo programa para Junior.
Siguiente - Parte 6: Junior ya camina, ahora sigue un mayor desafío
Esperanza Valdéz
AutoraMamá, escritora y conferenciasta. Autora del libro "El Color de la Esperanza"
Más entradas de Esperanza Valdéz
