De la lesión al milagro: nuestra experiencia con el Método Doman - Parte 7

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Parte 7: “¿Qué culpa tiene el niño de haber nacido así?”

Tiempo después, Junior se aburrió de recorrer el mismo terreno y encontramos una carretera donde, al final, había una glorieta con una estatua de Cuauhtémoc. Este nuevo camino siempre lo recorríamos Junior, Rubén y yo. Era una actividad de mucha responsabilidad por la logística delicada y riesgosa. Uno de nosotros corría junto a Junior por un lado de la carretera, y el otro lo seguía en coche, a manera de custodia, con las luces intermitentes siempre prendidas.

En una ocasión, cuando hacíamos el programa de carrera, estábamos alrededor de la meta de dos mil quinientos metros. En ese momento, un señor que a esa hora barría la calle nos observaba atento. Junior iba llorando, renegando y tirándose al piso para no continuar, por lo que, de pronto, yo lo empujaba o lo jalaba, forzándolo a seguir el trayecto. Al pasar junto al señor de la escoba, escuché con claridad que me gritó varias veces: “¡Vieja perra, deja a ese pobre niño! ¿Qué culpa tiene de haber nacido así?”. Fingí no escucharlo, pero por dentro sentí vergüenza, coraje, tristeza y mucho remordimiento. La pregunta “¿Qué culpa tiene de haber nacido así?” me taladraba la cabeza.

Llegamos a la meta y, al subirnos al coche, mientras lloraba, le dije a Rubén: “Ya no vamos a hacer nada, no voy a volver a correr, así que se quede; ¡ya no quiero hacer el programa!”. Rubén, que no entendía la razón de mi llanto ni de mis palabras, me contestó: “Pero si ha habido días peores; hoy no estuvo tan mal”. Sin responderle ni contarle nada, seguí llorando y él continuó diciendo que el día siguiente sería mejor. Al llegar a casa, bajé a Junior para que le dieran de desayunar y poder hablar con mi marido sin que nuestro hijo escuchara. Le conté lo que me había dicho el señor y lo mal que me sentía. Me cuestionaba la frase “¿Qué culpa tiene de haber nacido así?”. Rubén, con voz firme, me contestó: “¡Ninguna culpa! ¿Pero qué culpa tendría si tuviera unos padres que no hicieran nada por mejorar su vida? Esto no lo hacemos por maltratarlo; lo hacemos porque queremos que siga mejorando, como hasta ahora lo ha hecho. ¿Qué hubiese pasado si todo este tiempo no hubiéramos hecho nada? ¿Si nos quedáramos de brazos cruzados? ¿Estaría como está ahora?”.

Y después de cuestionarme con esa fuerza, agregó unas palabras que, por ser ciertas, me llegaron al alma. Con seriedad, me dijo: “Qué mal que las palabras de un señor que no sabe nada, no entiende y no tiene el problema con ningún ser querido, te lleguen tanto que te hagan dudar de lo único que sabes que le está ayudando a nuestro hijo”. Le di la razón, pues la tenía, y le pedí de favor que ese tramo lo recorriera él con Junior. Así lo hicimos por un largo tiempo.

Unos meses después, Rubén no pudo continuar corriendo, así que tuve que hacerlo yo, decidida a ignorar al señor. Poco a poco, Junior dejó de renegar y empezó a hacerlo con gusto. Y esa misma transformación sucedió con el hombre de la escoba, quien, al ver la mejoría de Junior, se convirtió en su mejor porrista. Mientras le aplaudía, le gritaba: “¡Corra, mi hijo, dele, lo va haciendo muy bien!”. Incluso me llegó a decir: “¡Buen trabajo, señora!”. Junior se encariñó con él y, gracias a sus porras, caminaba más fuerte, pues ya casi lograba correr. El hombre de la escoba se convirtió en nuestro más grande motivador de carrera. Con él, otras personas que nos veían a diario salían de sus casas a echarle porras. Algunas, desde sus vehículos, le pitaban y nos saludaban o se paraban a gritarle: “¡Corre, campeón, corre! ¡Te queremos!”.

Después de años, llegamos a la meta de los cinco kilómetros diarios. El día que la cumplimos, algunos de nuestros seres queridos esperaron a Junior en el monumento a Cuauhtémoc. Fue un día de fiesta para todos. A partir de entonces, tendríamos que trabajar en mejorar su tiempo y lograr que corriera.



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Mamá, escritora y conferenciasta. Autora del libro "El Color de la Esperanza"

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