De la lesión al milagro: nuestra experiencia con el Método Doman - Parte 6

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Parte 6: Junior ya camina, ahora sigue un mayor desafío

Cuando recibí los primeros diagnósticos sobre su lesión y escuché los pronósticos de lo que sería su vida, yo solo pedía una cosa: que pudiera caminar. Creía que al lograrlo, todos mis problemas estarían resueltos. Y, de alguna manera, así fue; pero también llegaron nuevos retos.

Junior ya caminaba, pero ahora necesitaba mejorar su movilidad. El programa cambió drásticamente: lo siguiente era correr.

Comenzamos con recorridos cortos y planos. Poco a poco, aumentamos distancia y dificultad hasta llegar a cinco kilómetros diarios. Para proteger sus tobillos usaba botas, aunque las desgastaba rápido, sobre todo la del pie derecho, que arrastraba en cada paso.

Superada la etapa del terreno plano, vinieron las pendientes pavimentadas; después, la terracería inclinada. Entre pisadas firmes, resbalones y caídas, avanzamos hasta conquistar la cima del cerro.

En todas esas travesías yo no podía sostenerlo de la mano ni guiarlo físicamente; solo lo protegía con mis manos y mi cuerpo, aunque muchas veces no bastaba y las caídas eran inevitables. Y si el ascenso era duro, el descenso resultaba todavía más desafiante.

Nos tomó años alcanzar ese avance; no sabría decir cuántos, solo recuerdo las distintas estaciones que nos acompañaron una y otra vez. El viento fuerte del otoño nos hacía perder el equilibrio; en invierno subíamos con gorros, guantes, bufandas y chamarras, incluso bajo la nieve. La primavera, que a menudo parecía invierno, nos sorprendía con fríos repentinos, y en verano los sombreros eran imprescindibles para resistir el sol. Las lluvias, en cambio, hacían nuestro camino más resbaladizo y desafiante.

Mientras subíamos el cerro, yo le cantaba canciones infantiles, le platicaba o le enseñaba a observar el mundo: “Mira el anuncio de Coca-Cola”, “aquí dice ‘alto’”, “ese es un carro rojo”, “aquella es una camioneta negra”. Arriba, le señalaba árboles, plantas, piedras y animales. La idea era aprovechar cada trayecto para darle la mayor cantidad posible de información visual y auditiva. En días calurosos, subíamos temprano; en los fríos, hasta la tarde.

Este programa lo fortaleció. Poco a poco mejoraba su coordinación y balance; aunque su equilibrio no era perfecto, cada día avanzaba. También aumentaba su atención, pues debía concentrarse en cada paso para esquivar piedras o arbustos. La repetición de esas caminatas independientes fue clave para su progreso.

Más tarde, añadimos nuevos retos. Caminábamos entre montículos de estiércol seco de vaca, de unos dos metros de altura. Al pisarlos, se quebraba la capa endurecida y Junior se hundía hasta la rodilla; aquello lo obligaba a equilibrarse mejor hasta que pudo subir y bajar sin dificultad. Considerábamos la prueba superada. También recorríamos tierras de barbecho, avanzando entre surcos de tierra suelta que exigían aún más control.

En total, dedicábamos cinco horas diarias a caminar con Junior. Teníamos metas precisas de tiempo y distancia, sin descansos. Sin embargo, todavía no podía correr. Ese era el siguiente gran reto: lograr que, aunque fuera por un instante, ambos pies se separaran del suelo, venciendo la gravedad.

Comenzamos caminando cada vez más rápido en terreno plano. Según nosotros, alternaba un metro corriendo y otro caminando, aunque en realidad solo aceleraba y desaceleraba. Aun así, era un comienzo. Poco a poco fuimos aumentando la distancia.

Necesitábamos una pista especial: plana, recta, sin pavimento. No teníamos acceso a una de tartán en nuestra ciudad, así que encontramos una alternativa: una calle de unos trescientos metros, sin tráfico, ideal para entrenar a las seis de la mañana. De un lado había una huerta; del otro, un terreno de barbecho y una gran barda. Colocamos señalamientos que indicaban cuándo correr y cuándo caminar. Conforme avanzábamos, alguien los movía para marcar los intervalos. Con el tiempo, Junior pudo hacer un sprint de diez metros y luego caminar cincuenta.

Al inicio de cada sesión, gritábamos entusiasmados para motivarlo: “¡A darle, Junior!”, “¡Sí se puede!”, “¡Vamos a correr!”, “¡Te espero en la meta!”, “¡Eres un campeón!”, “¡Qué bonito corres!”, “¡Dale más fuerte, más rápido!”, “¡Vamos, alcánzame!”, “¡Aquí te espero!”, “¡Dale, dale, acá te espera tu carrito!”. En esa etapa, lo forzábamos con la mano en el hombro para que fuera más rápido en el sprint; después, lo dejábamos solo en el caminar. Así, completaba mil seiscientos metros. Caminando rápido, sin parar, pronto logró llegar al final de la calle. Eso nos dio mucho gusto y empezamos a “correr” también de regreso. Y aunque cada día aumentaba la distancia en “correr” más y caminar menos, en realidad seguía igual, pues lograba caminar más rápido, pero no correr. Era maravilloso ver cómo controlaba su cuerpo; ya no se caía tan fácilmente y, si lo hacía, metía sus manos para protegerse. Había mejorado mucho en su coordinación, balance y equilibrio.

Fue un programa muy intenso, de 6:00 a.m. a 11:00 p.m., en el que alimentación, estimulación sensorial, gimnasia, caminata, idas al cerro, al barbecho y a los cerros de estiércol, además de las máscaras respiratorias, el tanque, su cama respiratoria, aprender a protegerse, expandir el tórax, lectura, matemáticas y bits estaban enfocados en mejorar su movilidad. Cuando terminaba, Junior dormía conectado a una máquina respiratoria. Aunque lo tratáramos como un atleta de alto rendimiento, era un niño que se cansaba o se aburría. Pero cuando, por alguna razón, el programa no se llevaba a cabo y había inmovilidad, la hiperactividad de Junior provocaba un caos en él y en la casa. Por eso, la mejor manera de que gastara su energía era hacerlo. Yo buscaba que también jugara; ¡era un niño! Tenía un camión de volteo amarillo, un juguete muy resistente que le encantaba. En ocasiones, le poníamos una cuerda al camión para jalar a Junior mientras él estaba sentado en la caja; ese juego lo hacía reír mucho. También le gustaba jalar su camión lleno de piedras.

Tenía un triciclo en forma de motocicleta; todas las tardes, por media hora, jugaba con su “moto”. Con estos juegos cumplíamos dos objetivos: el lúdico y la estimulación. El paseo en el camión amarillo se convirtió en un agradable ritual y también en premio.



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Mamá, escritora y conferenciasta. Autora del libro "El Color de la Esperanza"

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