De la lesión al milagro: nuestra experiencia con el Método Doman - Parte 8

Blog Single
Lectura: 5 min

Parte 8: El milagro se da: ¡Junior logra correr!

Corríamos todos los días a las seis de la mañana, aumentando un poco la distancia cada día y sin importar el frío, el calor, la lluvia o la nieve. Solo deteníamos ese programa cuando íbamos a Filadelfia. Al principio, entre dudas y preocupación, me preguntaba: ¿cómo lo lograríamos? Me parecía una meta inalcanzable.

En una de las visitas a los institutos, nos dijeron que nuestro hijo tendría que correr para la próxima. Era un ultimátum; según ellos, ya habían pasado muchos años sin lograrlo. Yo estaba desconcertada: Junior no corría, a pesar de que hacíamos el programa al pie de la letra. Debía incluir un video con Junior corriendo; de no mandar esta prueba, no podríamos volver a los institutos.

A Junior le gustó el cambio, pero al poco tiempo era toda una odisea convencerlo de que corriera. Empezábamos con un poco de calentamiento y después decíamos: “A la una, a las dos y a las tres” o “En sus marcas, listos, fuera”. Había veces que salía entusiasmado; otras, se rehusaba y se sentaba o acostaba en el suelo. También, en ocasiones, corría en sentido contrario hasta llegar a una barda, enojado y sin querer moverse. Aunque no debíamos hacerlo, porque la recomendación era dejarlos libres, lo tomábamos de la mano o lo empujábamos del hombro, forzándolo de alguna manera, para después soltarlo. Cuando pasaban camiones de basura o revolvedoras de cemento, se motivaba mucho, pues desde pequeño le gustaron. Si no pasaban, para animarlo le decíamos: “¡Vamos a correr y allá estará un camión de basura!”, y la promesa daba buenos resultados. Otra cosa que funcionaba era poner metas con lo que estaba en el camino: “¡Corre hasta la gasolinera!”, “¡Ahora, al letrero que dice ‘alto!’!”. En su recorrido, yo le cantaba canciones o le contaba lo que veíamos en el trayecto. Gracias a la memoria fotográfica de Junior, estando en casa nos describía el camino; incluso ahora se acuerda de aquel recorrido y de lo que veía a su paso.

Un día, mientras intentábamos correr, un pequeño perro empezó a seguirnos. Cuando Junior se dio cuenta, empezó a correr con una velocidad que no creí que podía alcanzar. En sus largos pasos, se notaba cuando sus dos pies estaban en el aire. ¡Lo habíamos conseguido! ¡Junior corría! Los siguientes días volvió a caminar con prisa, pero sin despegar los pies del suelo. Entonces, para lograr la grabación del video, pusimos un perro juguetón detrás de Junior; como no lo conocía, salió huyendo a gran velocidad. En los institutos nos felicitaron por este gran logro de Junior. En el video, su manera de correr se veía con claridad. Siguió mejorando velocidad y tiempo, hasta recorrer los cinco kilómetros en veintitrés minutos. ¡Todo un récord! Al conseguir que lo hiciera en diferentes tipos de terrenos, ayudó mucho al mejoramiento en todas sus áreas psicomotrices. Ver la evolución y progreso de mi hijo me llenó de alegría; ¡el empeño daba excelentes resultados! Su sistema respiratorio era más resistente, no se enfermaba ni siquiera corriendo con temperaturas extremas. Su hiperactividad disminuyó, emitía más sonidos e incluso algunas palabras. Su habilidad física era casi perfecta. Aprendía más rápido y entendía mejor. Su reto seguía siendo la socialización, pero en ese momento no había tiempo para dedicarle a esa área.

Con la carrera, Junior se hizo muy popular en nuestra ciudad. Nunca nos imaginamos que tanta gente lo observara. Conocí a personas que me dijeron que empezaron a correr al ver a Junior; algunas de ellas participan en maratones. Me dio gusto saber que algo que resultaba indispensable para mejorar la calidad de vida de Junior motivó a otras personas que convirtieron el correr en algo más que un hobby, simplemente por tomar el ejemplo de mi hijo y de su esfuerzo diario.



Siguiente - Parte 9: Miky Nakayachi


Compartir:
Author Image

Mamá, escritora y conferenciasta. Autora del libro "El Color de la Esperanza"

Más entradas de Esperanza Valdéz