De la lesión al milagro: nuestra experiencia con el Método Doman - Parte 3
Parte 3: "El daño está en el cerebro, no en las piernas..."
Los viajes a Filadelfia, a los IHAP, me permitieron crecer mucho, conocer personas, descubrir métodos que jamás imaginé que existían y formar una nueva familia, no de sangre, sino de convicción, unida por el tratamiento que ayudaba a nuestros hijos. Para mí, lo más importante fue asistir durante diez años a las conferencias y convertirme en una “mamá Doman”. Fue maravilloso presenciar el progreso de Junior y, al mismo tiempo, mi propio crecimiento. Con ese sentimiento de gratitud al ver la evolución tanto de mi hijo como la mía, recuerdo las sabias palabras que escribió mi maestro Glenn Doman en su libro:
“Los padres juegan un papel de suma relevancia en el tratamiento del niño enfermo, pues con su amor, dedicación y paciencia han logrado, al aplicar en su casa el método, que la parálisis se torne en movilidad, la ceguera en lectura, el silencio en habla y, acaso milagrosamente, la tristeza en felicidad”.
En 1994, cuando asistí al primer curso en los Institutos Doman, además de aprender cómo evaluar a mi hijo, conocí a fondo el importante papel que juegan los sentidos, algo que yo no imaginaba. Al entender cómo funcionaban, comprendí que podía ayudar de manera más eficiente a Junior. Mi hijo tiene un daño cerebral que, desde entonces, ya se notaba físicamente. Eso era un síntoma, al igual que la poca movilidad y el escaso control de sus extremidades, cadera, lengua, ojos y demás.
En las terapias tradicionales que había recibido mi hijo, como la estimulación temprana, el trabajo se dirigía hacia el músculo: los brazos, las piernas, la lengua, etcétera, es decir, hacia los síntomas. Sin embargo, yo no veía gran avance. Al cambiar al Método Doman y comenzar a estimular el tacto, el oído y la vista, la mejoría llegó. El daño está en el cerebro, no en las piernas, la lengua o la cadera. Por eso, al enfocar el tratamiento en la causa y no en los síntomas, Junior empezó a mejorar.
Al ver esto, la frustración y los remordimientos se apoderaron de mí. Esa ignorancia me había costado tiempo, dinero, esfuerzo y, lo más importante, la salud de Junior. Con más determinación, me entregué a acelerar la estimulación sensorial, aplicándola con frecuencia, intensidad y duración.
Existen cinco caminos para llegar al cerebro: los sentidos. A través de los órganos sensoriales captamos los estímulos del medio. Los ojos perciben una imagen visual que viaja por el nervio óptico; lo mismo sucede con la información auditiva, gustativa, táctil y olfativa. Todo lo que recibimos del entorno llega a través de estos cinco caminos.
En el caso de Junior, estos caminos o vías sensoriales estaban inmaduros. Aunque su edad cronológica era de once meses, su edad neurológica correspondía a la de un recién nacido. Por ejemplo, con la vista apenas reconocía luces y sombras, sin la capacidad de enfoque y acomodación visual propia de su edad. Auditivamente, la inmadurez era la misma, por lo que necesitaba estímulos fuertes y diferenciados; afortunadamente, de manera instintiva, yo le hablaba en un tono de voz más alto y claro.
Junior era un niño bajo de peso y talla; hoy, ya adulto, continúa por debajo de la media. Sin embargo, una vez que nos enfocamos en lo que debíamos trabajar, y aunque nunca alcanzó la normalidad, dentro de lo que su lesión le permitió, Junior logró funcionalidad.
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Esperanza Valdéz
AutoraMamá, escritora y conferenciasta. Autora del libro "El Color de la Esperanza"
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